domingo, 19 de octubre de 2014

No lo entiendo.


Lo  que estaba haciendo parecía algo realmente estúpido, pero quizá al mismo tiempo sumamente optimista: Eran las nueve y media de la noche y yo, frente a un espejo, me maquillaba. Poco a poco tomaba las sombras color azul y negro haciendo un intento de smoke eyes. Todo lo hacía suponiendo que aquella noche saldría, iría a alguna parte, me iría de fiesta y lograría dispersar los pensamientos negativos de la semana…
…pero no tenía idea a dónde iría.
Algo me había comentado una amiga respecto a una fiesta el día anterior, pero solamente era una gota de esperanza, ya que no sabía ni siquiera la casa en la cual se llevaría a cabo. Si llegaba a ser en Pirque o Chicureo, definitivamente no pensaba ir.
Fue en ese momento, luego de tener todo el maquillaje listo, en que decidí llamarla. La escusa era poco válida, sin embargo, en cuestión de segundos ella me estuvo invitando para salir.

-¡Pero ve! ¡Lo pasaremos bien!
-Está bien, iré.

Por suerte, la casa quedaba en la misma comuna en que vivo, así que en cuestión de minutos me encontraría allá si lo quisiese.  Me intenté arreglar lo más que pude, me puse unas calzas negras con unos flats del mismo color, una polera con encaje negra, un chaleco negro, pero, para darle un poco de color, le agregué una chaqueta de color camel. Se veía bien con mi intento de smoke eyes.

A las doce de la noche, me fui de rumba.

Llegué, la casa era espaciosa, grande. Había siete personas, las cuales no conocía, las saludé y me senté. Luego de hablar un poco en contra de nuestros contrincantes políticos, nos fuimos soltando. A la una, llegó un grupo un poco mayor. Aproveché de enviar un mensaje a Sebastian contándole que no estaba en nada. No recibí mayor respuesta, así que fui en búsqueda de un vaso de bebida, en cuestión de minutos, me ofrecieron una cerveza que agradecí.  Al rato después, llegó más gente y caras conocidas. Pero yo quería ver un rostro en particular, que todavía no marcaba presencia.

Fui a comprar trago con algunos chicos. Tuvimos que ir a Santiago Centro, ya que las comunas más cercanas tenían las botillerías cerradas. Íbamos en camino, escuchando melodías de Los Rolling y cantándolas. Compré un vino blanco y una ken piña para hacer un tropical. Solamente me tomaría un vaso, nada más y demasiado suave. No me gusta quedar ebria, ni siquiera sentirme mareada, es una sensación que me desespera y, peor aún, perder el conocimiento por completo, cosa que por suerte todavía no he experimentado.

A la vuelta, me serví mi vaso y fue, en ese momento, en que lo vi a Ricardo conversar con un grupo no menor de personas. Me sentí un poco tonta al no atreverme a ir a hablar con él inmediatamente, sin embargo, dejé pasar unos minutos. Me fui a hablar con Natalia, mi amiga, la cual había llegado recién con un chico. Estaba un poco ebria, así que después de millones de abrazos, decidí dejarla sola en compañía de aquel muchacho. Me fui a sentar y miraba desde lejos a Ricardo que no parecía hacer otra cosa que reír. Me llamó la atención que no tuviera un vaso en su mano –como todos los del patio- mas el parecía divertirse a su manera. Me sentí alcohólica, aunque el nivel de vino que traía mi vaso no superaba el de ninguno. De hecho, si se realizaba una competencia, el mío parecía ser el que menos tenía. Pero, en cuestión de segundos, el alcohol se me subió un poco a la cabeza, no sentía frío y tenía ganas de bailar. Creo que le envié otro mensaje a Sebastian contándole lo que estaba viviendo. Fui y me acerqué a Ricardo.

-¡Hey, Ricardo! ¿Cómo estás?
-¡Hola! Bien, gracias ¿y tú?

Y se inició la conversación. Luego de hablar de política, terminamos hablando de nuestras vidas. Él no tomaba porque iba a manejar, lo encontré sumamente prudente y responsable de su parte. Y, después de eso, fuimos a bailar…

El bailé comenzó normal, sin embargo, logramos acercarnos. Las melodías poco a poco se colocaban más lentas, terminamos abrazados bailando una canción antigua, hasta que fui al baño y, cuando volví, lo vi bailar con otra.

No sé en qué mundo vivo que –por lo menos para mí- un baile significa tanto. Recuerdo que unas cuantas veces me he enojado cuando una de mis amigas me ha dicho: “Bailé con él, pero no me interesa”, supongo que una parte de mi cerebro no funciona completamente bien. Nuevamente le envié un mensaje a Sebastian contándole lo sucedido y le agregué que eso merecía un vaso de trago, sin embargo, decidí ser prudente y solo fui por bebida.

Cuando ya estaba dando por perdida la noche, una mano se posó en mi cintura. Era Ricardo, nuevamente invitándome a bailar. Esta vez la música fue más rápida: Merengue, salsa y ritmos variados donde cantamos y en momentos, nos permitió seguir hablando de nuestras vidas.

Así se pasó la noche, bailando con Ricardo y sintiéndome feliz. 

Hasta que lo llamaron porque uno de sus amigos estaba demasiado ebrio y preguntaba por él. Al parecer, los únicos sobrios de la fiesta éramos nosotros dos. Fue rápidamente donde él y yo me dirigí a la cocina en busca de algo para comer –llevaba unos dulces en mi cartera, en los carretes, suele haber mucho trago y ningún comestible-. Sentí que alguien me seguía, pero muchas personas podían caminar por la casa, así que lo ignoré. Hasta que me llamaron por mi nombre, era un chico que conocía desde el año pasado, su cara me era muy conocida, ya que además de haber hablado con él en varias ocasiones, era uno de los hombres más cotizados de la Universidad.

-¡Hey! ¿Cómo estás? –le pregunté.
-Bien, eh, tengo que decirte algo –lo noté un poco entonado, pero le dije que sí, que habláramos todo lo que él deseara.
-Me gustas –afirmó.

Aquellas palabras me tomaron por sorpresa. Primero, porque un chico extremadamente guapo me lo estaba diciendo, segundo, porque nadie nunca me lo había dicho. Razones por las que siempre me había sentido tonta y fea.

-Eh, estás ebrio –dije, nerviosa.
-No, no lo estoy, sé muchas cosas de ti –argumentó y dijo muchas cosas que efectivamente coincidían con mi persona.
-No sé qué decir –confesé.
-No digas nada –dijo y se acercó a mí, abrazándome. No podía creer que eso estuviera ocurriéndome, sentí sus manos recorrer mi cuerpo, mi cintura, mi espalda, poco a poco su rostro fue bajando hasta encontrar mi cuello, mientras posaba un beso en aquel lugar, yo era incapaz de respirar.
-Estás confundido –dije.
-No, no lo estoy, ¿por qué tienes que ser menor que yo? –y buscó mis labios. Corrí la cara, sin embargo, no parecía ser ninguna señal para él, ya que nuevamente intentó lo mismo. Fue en ese momento en que pensé todo y, luego de dos segundos de analizar la situación, me di cuenta que si lo besaba no existía ningún problema, nadie me retaría. Suspiré y posé mi mano en su cara. Poco a poco me empezó a acercar a la mesa de la cocina, pegué un salto hasta lograr sentarme y que mis piernas quedaran enrolladas en su cuerpo. No paraba de tocarme y yo no entendía absolutamente nada. Me dejé llevar.
-Dime… -interrumpió el silencio.
-¿Um? 
-El otro día fuiste a la reunión con alguien, ¿es tu pololo?
-Um… 
Me estaba dejando llevar. Poco a poco sus labios se acercaron más a los míos, un roce, luego otro, hasta que abrieron la puerta. Cinco chicos nos estaban mirando y cerraron con rapidez. 


Entonces entendí que lo que estaba haciendo estaba mal. En primer lugar, me estaba dejando llevar por mis hormonas, ya que él es un hombre muy guapo, sumamente inteligente y por lo mismo, iba a ser la envidia de muchas. Pero, no me gustaba, no me hacía sentir mariposas en el estómago.

Me alejé, le tomé el rostro, le hice cariño y le dije:

-Estás mal, estás mareado, ve a sentarte un momento, tranquilo. Otro día lo hablaremos ¿vale? Ahora mismo no.

Y me fui al patio de la casa.

Ricardo se acercó a mi lado, me preguntó qué pasaba y me dio un beso en el cabello, le respondí que nada. Él fue en busca de su chaqueta y sacó las llaves de su auto, me preguntó si me iba con él, ya que me podía ir a dejar a mi casa. Se lo agradecí y nos fuimos en el camino conversando y riéndonos, aunque con la viva imagen del casi beso con el otro chico.

Llegué a mi casa y lo primero que hice, fue enviarle un mensaje a Sebastian. Como era de suponer. 

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